viernes, 2 de agosto de 2019

6y9ago19: Green Book, una amistad sin fronteras

Green Book: una amistad sin fronteras

Título original Green Book
Año 2018
Duración 130 min.
País Estados Unidos
Dirección Peter Farrelly
Guion Brian Hayes Currie, Peter Farrelly, Nick Vallelonga
Música Kris Bowers
Fotografía Sean Porter
Reparto Viggo Mortensen,  Mahershala Ali,  Iqbal Theba,  Linda Cardellini,  Ricky Muse, David Kallaway,  Montrel Miller,  Harrison Stone,  Mike Young,  Jon Michael Davis, Don DiPetta,  Mike Hatton,  Dimiter D. Marinov,  Craig DiFrancia,  Gavin Lyle Foley, Randal Gonzalez,  Shane Partlow
Género Drama. Comedia | Basado en hechos reales. Drama sureño. Comedia dramática. Años 60. Racismo. Amistad. Buddy Film. Música. Navidad
Clasificación: ATP
Sinopsis Años 60. Tony Lip (Viggo Mortensen) es un rudo italoamericano del Bronx que es contratado como chófer del virtuoso pianista negro Don Shirley (Mahershala Ali). Ambos emprenderán un viaje para una gira de conciertos por el Sur de Estados Unidos, donde Tony deberá tener presente "El libro verde", una guía que indicaba los pocos establecimientos donde se aceptaba a los afroamericanos. Son dos personas que tendrán que hacer frente al racismo y los prejuicios, pero a las que el destino unirá, obligándoles a dejar de lado las diferencias para sobrevivir y prosperar en el viaje de sus vidas. (FILMAFFINITY)
Crítica:
La historia es real y ocurrió en 1962: el gran pianista Don Shirley (1927-2013) quiso hacer una gira por el “sur profundo” de Estados Unidos. Shirley era negro y seguían vigentes varias medidas segregacionistas en el sur. Como precaución frente a los previsibles líos, Shirley contrató como chofer a un patovica vinculado con la mafia, Tony Lip Vallelonga (1930-2013), quien, como buena parte de la comunidad italoestadounidense de la época, era racista. Según Green Book: una amistad sin fronteras, en los dos meses que duró la gira creció una gran amistad entre ellos que duró toda la vida.
Para los productores debe de haber sido un gran estímulo la inmensa repercusión de la francesa Amigos intocables (2011), en la que un burgués parapléjico es sacado de su seriedad y depresión por un cuidador africano, irreverente e informal, y terminan siendo muy amigos. Aunque la situación de chofer y pasajero también trae a colación a Conduciendo a Miss Daisy (1989). En la nueva película una de las gracias consiste en la inversión de roles: el elitista (rico, finoli y serio) es el negro, y el “popular” (irreverente, con poca educación formal pero mucha calle) es el blanco. Esto complica el trasfondo sociocultural, ya que disocia los factores de privilegio.
Hay otros temas aun más interesantes, que tienen que ver con la identidad. Shirley nunca se preocupó por la negritud: se vio a sí mismo como un talentoso prodigio, becado a los nueve años por el Conservatorio de Leningrado, políglota, con doctorados adicionales en Psicología y Artes Litúrgicas. Pretendía actuar como pianista clásico, pero los managers lo convencieron de que no habría aceptación para un negro tocando Piotr Chaikovski o Frédéric Chopin, así que él hizo su carrera en una veta híbrida, con composiciones propias que combinaban elementos de música clásica, jazz y blues. Y compuso un poema sinfónico basado —entre todos los libros del mundo— en Finnegans Wake (1939), de James Joyce, aunque la película omite esta referencia. En el film, Tony, quien siempre se mantuvo a raya de los “bolsas de carbón” (negros), es fan de Little Richard y Chubby Checker, a quienes Don nunca había escuchado. En el sur el racismo lo empuja a ser “negro”, y algunos de los momentos más punzantes de la película tienen que ver con eso. ¿Qué debe hacer Don: pelear por su vocación en un medio cultural que mayormente lo rechaza, o asumir un lugar entre “los suyos” y plegarse, así, a un orden determinado por la noción de raza? ¿Levantar la bandera de la negritud sería para Don Shirley un acto de rebeldía o de sumisión?
La película no decide conceptualmente ese dilema entre nuestras nociones intelectuales antirracistas y nuestro sentido común tribal: lo elabora, nomás, en esa forma medio mágica inherente a la narrativa clásica. Cuando, cerca del final, Shirley triunfa en un medio “pura" y enraizadamente negro (el bar de blues), tendemos a sentirlo como una consecuencia del desenlace, inmediatamente anterior, del momento más fuertemente antagónico de la película (su pequeña revancha contra los racistas pitucos del country club). Esa sensación de causa-efecto entre los dos eventos no obedece tanto a una lógica causal narrativa, sino a nuestra costumbre formal, según la cual en el cuarto acto del largometraje los héroes ganan fuerza y todo empieza a solucionarse. Luego de eso, en cuanto regresan al norte, es un alivio constatar que el policía no es racista, y eso es señal de que volvimos a la zona segura. Ese efecto se refuerza con el cambio positivo (tampoco motivado lógicamente) en la disposición de los familiares de Tony hacia un negro.
Es que, en el fondo, más allá de comunicar una sincera simpatía por distintos tipos de oprimidos (negros, pobres, gays, mujeres) y de dedicar una parte del metraje a sensibilizarnos con respecto a esas causas, lo que realmente importa, y lo que el espectador se lleva del cine entrañado en su afecto, es la amistad y el sentido de superación. La estructura es muy parecida a la de una comedia romántica: compárese con Lo que sucedió aquella noche, de Frank Capra (1934), que también es un viaje por Estados Unidos, en que el personaje más varonil es el más popular y canchero, y el otro es el de más elevada condición social.
Hollywood en su mejor expresión
Esa referencia superclásica viene a colación porque esto es Hollywood en su mejor expresión. La prioridad otorgada a la narrativa, con los factores socioculturales operando como un trasfondo (no por ello falto de importancia) implica una conexión con esa tradición que es a prueba de balas y que la industria, cuando se apega a ella, sabe realizar con excelencia: mueve simpatías, encanta, arranca risas y lágrimas, y salimos del cine felices y satisfechos. Es tan de verdad y tan infalible como una velada de blues en un club chiquito de Chicago, un partido de básquetbol de la NBA o una lata de pork and beans. Nadie lo hace mejor. Basta ver, justo al inicio, el plano magnífico en que enfocamos de costado el rostro de Bobby Rydell cantando mientras, al fondo, fuera de foco, discernimos a Tony, que saca del restaurante al tipo que estaba armando lío.
Ese restaurante es parte de otro vínculo gozoso con una tradición de Hollywood. Se trata del famoso club nocturno Copacabana, muy asociado a la mafia y escenario de escenas memorables en películas de Martin Scorsese y muchos otros. El Tony Lip histórico trabajó ahí durante muchos años, y quedó tan asociado a ese ambiente que muchas veces lo llamaron para hacer puntas como mafioso en cine y televisión. Y aparece en los tres referentes audiovisuales modernos más fuertes sobre la mafia italiana: El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Buenos muchachos (Scorsese, 1990) y la serie Los Soprano (1999-2007). Así que las críticas de que la interpretación de Viggo Mortensen como Tony es estereotipada no tienen sentido: su personaje es el estereotipo. Es increíble la manera en que el danés-estadounidense Mortensen lo incorpora a la perfección, quizá beneficiándose de sus muchos años de residencia en Argentina. Su actuación, así como la del formidable Mahershala Ali (como Shirley), cuenta entre los muchos atractivos de esta película deliciosa. Guilherme de Alencar Pinto en La Diaria

Trailer:

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